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20/07/2017 | Sarah Gordon (Financial Times)

El jefe de Telefónica presentó una interesante propuesta durante un reciente desayuno en las oficinas del Financial Times en Londres. Los clientes, sugirió José María Álvarez-Pallete, deberían tener el control de sus propios datos. Ellos deberían poder ver cómo se están utilizando sus datos, y deberían poder llevárselos consigo al acabar el contrato con el proveedor de servicios.

La sugerencia del Sr. Álvarez-Pallete no fue casual. Telefónica está trabajando en una plataforma llamada Aura, la cual es un espacio de datos personales que contendría todas las interacciones que un cliente tenga con la compañía. Si el cliente quisiera, por ejemplo, mostrar su calendario de pagos de facturas telefónicas a una compañía de valoración crediticia, podría hacerlo.

La propuesta les pareció radical a los periodistas que asistentes. ¿Por qué desea Telefónica devolvernos nuestros valiosos datos? Nos hemos acostumbrado a tratar como algo totalmente normal la idea de que los recopiladores de datos — ya sea una compañía de telecomunicaciones, una plataforma de medios sociales como Facebook o una empresa de servicios públicos como un proveedor de electricidad — tienen derecho a la información sobre lo que hacemos, cuánto gastamos, a dónde vamos, qué vemos, la comida que comemos, qué música nos gusta o el estado de nuestra salud. En el Reino Unido, esto se ha puesto de manifiesto recientemente, y de una manera extremadamente clara, debido a la noticia de que una entidad del Servicio Nacional de Salud le entregó los datos de 1,6 millones de pacientes a DeepMind, la rama de inteligencia artificial de Google, una decisión que el regulador aseguró que “no cumplió con la ley de protección de datos”.

No tenemos ni la menor idea de qué datos personales tienen las compañías sobre nosotros, qué hacen con ellos o dónde los almacenan. Esto no sólo plantea interrogantes sobre la privacidad, sino también sobre la seguridad. También crea una profunda sensación de impotencia. La mayoría de la gente cree que debe tener tanto control como sea posible sobre su propiedad intelectual o sobre su ser físico. Entonces, ¿por qué debiera un tercero ser dueño de nuestros datos?

Existen, por supuesto, buenas razones por las que las compañías se resisten a devolvernos el control. Los datos de los clientes proporcionan valiosa información, la cual se puede utilizar para hacer que esos clientes sean más rentables. Ya sea en una propaganda focalizada o en una fuente de noticias personalizada, nuestros datos se manipulan para mantenernos leales a los proveedores de servicios o para tentarnos a gastar dinero.

Determinar nuestras preferencias de esta manera, sin embargo, es algo a lo que debiéramos considerar resistirnos. Es cómodo, pero peligroso, el recibir música que ya nos gusta, o noticias que queremos leer. Sería mejor, tal vez, si pudiéramos darles a las empresas nuestras preferencias, ampliando nuestros intereses y conocimiento en vez de estrecharlos para siempre.

Y para muchas empresas, la naturaleza personal de los datos de los clientes no es necesariamente su calidad más útil. Una vez tratados de manera anónima y almacenados, los datos no se pueden atribuir de vuelta a individuos específicos, pero las empresas que los recopilan todavía pueden utilizarlos para perfeccionar o desarrollar productos y servicios que se ajusten a los deseos de los clientes.

Esto podría proporcionar una posible vía para el control de datos futuros que contentara a todos. Varias organizaciones, como CitizenMe o People.io, están trabajando en cuentas privadas que les permiten a individuos u organizaciones mantener sus datos en un solo lugar y elegir cuándo compartir la información con terceros. El adecuadamente llamado “Hub of All Things” (Centro de todas las cosas), o HAT, creado hace unos años por académicos en el Reino Unido, significa que tus datos personales pueden mantenerse dentro de una base de datos sobre la que tienes total control. En el futuro, podrás usar un HAT para almacenar tus palabras, tus fotos, tus ubicaciones, tu música y tus transacciones financieras — en pocas palabras, tu persona digital — e intercambiar tanto, o tan poco, de esta información como desees. Tu banco, por ejemplo, podría tener permiso para entrar en tu HAT, y agrupar tus datos, una vez “anonimizados”, con terceros para sus propios fines.

Las nuevas regulaciones que se avecinan deberían dar impulso a proyectos como el HAT. En Europa, el Reglamento General de Protección de Datos, así como la propuesta de nueva legislación sobre privacidad electrónica, significarán que las empresas deben ser mucho más transparentes sobre los datos personales de sus clientes o de sus usuarios que mantienen y sobre qué hacen con ellos. Esto nos brinda una nueva oportunidad para recuperar el control.

Esta misma oportunidad, sin embargo, destaca las razones por las que tal vez no se aproveche. Mientras que los clientes se cabrean cuando las filtraciones de datos — por decir algo, en TalkTalk o en Verizon — parecen darles el acceso de su información a los piratas informáticos, están completamente tranquilos cuando se trata de su “entrega” original. Todos hacemos clic en el botón de “Aceptar términos y condiciones” sin ni siquiera leerlos. Existe poca presión, en cualquier parte del mundo, por parte de la gente para exigirles a las compañías que les devuelvan su información personal. No es de extrañar, entonces, que Telefónica sea relativamente inusual en proponer tal paso.

Somos la primera generación de gente que da información personal libre y masivamente a casi cualquiera que nos la solicite. Hemos permitido que la tecnología nos infantilice. Esperemos que los futuros usuarios sean adultos.

La cofundadora del HAT, la profesora Irene Ng, cree que somos la “generación perdida” en el sentido de que nuestros datos, entregados despreocupadamente a cambio de los nuevos servicios que deseamos, se pierden para siempre. Pero no es demasiado tarde para que las generaciones futuras asuman la responsabilidad y los recuperen.

20/07/2017 | Sarah Gordon (Financial Times)

The boss of Telefónica put forward an interesting proposal at a recent breakfast at the Financial Times’ offices in London. Customers, José María Álvarez-Pallete suggested, should have control of their own data. They should be able to see how their data are used, and they should be able to take it with them on leaving the service provider.

Mr Álvarez-Pallete’s suggestion was not casual. Telefónica is working on a platform, called Aura, a personal data space that would hold all the interactions that a customer had with the company. If the customer wanted, for example, to show their telephone payment schedule to a credit scoring company, they would be able to do so.

To the journalists present, the proposal seemed radical. Why would Telefónica want to give our precious data back to us? We have become accustomed to treat as totally normal the idea that data gatherers — whether a telecoms company, a social media platform such as Facebook or a utility like an electricity provider — have first dibs on our information: what we do, how much we spend, where we go, what we watch, the food we eat, what music we like or the state of our health. In the UK, this has been most recently, and glaringly, manifested by news that a National Health Service trust handed over data on 1.6m patients to DeepMind, the artificial intelligence arm of Google, a decision that the regulator says “failed to comply with data protection law”.

We have little idea what personal data companies own about us, what they do with it, or where they store it. This does not just raise issues about privacy, but also security. It is also profoundly disempowering. Most people believe they should have as much control as possible of their intellectual property or their physical selves. So why should someone else own our data?

There are, of course, good reasons why companies would resist handing back control. Customers’ data provides valuable information, which can be used to make those customers more profitable. Whether it is targeted advertising, or a customised news feed, our data are manipulated to keep us loyal to service providers or to tempt us to spend money.

Dictating our preferences in this way, though, is something we should consider resisting. It is comfortable, but dangerous, to be fed music we already like, or news that we want to read. It would be better, perhaps, if we could tell companies our preferences, broadening our interest and knowledge rather than forever narrowing it.

And for many companies, the personal nature of customer data is not necessarily its most useful quality. Once anonymised and aggregated, data cannot be attributed back to specific individuals, but can still be used by the companies who gather it to hone or develop products and services that respond to customers’ wants.

This could provide a possible pathway to future data control that pleases everyone. Several organisations, like CitizenMe or People.io, are working on private accounts that allow individuals or organisations to keep their own data in one place and choose when to share the information with others. The catchily named Hub of All Things, set up a few years ago by academics in the UK, means your personal data can be kept within a database over which you have full control. In future, you will be able to use a HAT to store your words, photos, locations, music and financial transactions — in short, your digital self — and exchange as much, or as little, of this self as you want. Your bank, for example, could be given permission to access your HAT, and to aggregate your data, once anonymised, with others for its own purposes.

New regulation coming down the road should give a boost to projects like the HAT. In Europe, the (less catchily named) General Data Protection Regulation, as well as proposed new ePrivacy legislation, will mean companies have to be much more transparent about what personal data they hold on their customers or users, and what they do with it. This provides a new opportunity for us to take back control.

This very opportunity, though, highlights the reasons why it may not be grasped. It is telling that a Google search for “why we should own our data” auto-corrects the search to “why we should own your data”. While customers get outraged when data breaches — at say, TalkTalk or Verizon — seem to hand access to their information to hackers, they are supine when it comes to its original surrender. All of us click on the “Accept terms and conditions” button without the bore of reading them through. There is little push, anywhere in the world, by individuals to demand companies hand them back their personal information. No wonder, then, that Telefónica is relatively unusual in proposing such a step.

We are the first generation of people to give our information freely and in bulk to almost anyone who asks for it. We have allowed ourselves to be infantilised by the technology. future users will hopefully be the adults.

The co-founder of the Hub of All Things, Professor Irene Ng, believes we are the “lost generation” — in the sense that our data, handed over casually in return for new services that we desire, are lost to us forever. But for future generations it is not too late to take responsibility and take it back.

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AdminFxM

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