¿Sabemos cómo lavarnos las manos para frenar una pandemia? el 89% lo hace mal

La expansión del coronavirus ha puesto en valor una medida higiénica básica que ayuda desde tiempos pretéritos a luchar contra las enfermedades. Lavarse las manos con agua y jabón es una medida de prevención esencial que sirve para cerrar la puerta a bacterias, virus y hongos. Te explicamos por qué.

La alarma suscitada por el coronavirus ha puesto de relieve la importancia que tiene lavarse las manos habitualmente, no solo para mantener unos hábitos mínimos de higiene, sino también para prevenir ciertas enfermedades de fácil transmisión originadas por virus y bacterias. Para entender su importancia, hay que tener en cuenta que nuestras manos son un paraíso para todo tipo de microorganismos: ya sean bacterias, virus o hongos, que suelen instalarse en ellas con relativa facilidad. Una higiene adecuada, es una solución básica para crear una barrera de entrada a estos agentes infecciosos, responsables de millones de muertes en todo el mundo, sobre todo en países en vías de desarrollo donde no existe un acceso generalizado al agua potable.

__ ¿Qué descubrirás en este post? __

Lavarse con agua y jabón durante 20 segundos

Por supuesto, para acabar con los gérmenes debemos usar algo más que agua. En este caso, el mejor aliado es el jabón, un producto que nos ha ayudado a combatir de las enfermedades desde los tiempos del Antiguo Egipto y cuya receta ha cambiado poco desde entonces: una solución soluble al agua compuesta por la combinación de un álcali (un compuesto soluble producido a partir de metales alcalinos) con los ácidos del aceite u otro cuerpo graso. Al tocar algo, los gérmenes se adhieren a los aceites y las grasas de las manos, que no pueden desaparecer solo con agua. Sin embargo, al lavarnos con jabón, las moléculas de este componente actúan como una suerte de ‘mediador’ entre el agua y el aceite. Al enjuagarnos, el aceite acoplado a los microorganismos acaba desapareciendo con ayuda del agua.

Para deshacerse de todas esas grasas y microorganismos es necesario tomarse su tiempo y ser minucioso. Según los Centros Para el Control y la Prevención de las Enfermedades (CDC), es necesario dedicarse al lavado de manos al menos durante 20 segundos, sin dejar ningún rincón de la piel sin fregar, con especial cuidado a las uñas, los nudillos y las separaciones entre los dedos.

¿Por qué lavarse es efectivo contra el Coronavirus?

Como explica Pall Thordarson, químico de la australiana Universidad New South Wales, a través de su cuenta oficial de Twitter, los virus están formados de material genético (ARN), unas proteínas externas que les sirven para anclarse a las células humanas (entre otras cosas) y una envoltura de grasa, una membrana) que lo protege todo tanto y que ayuda al virus a propagarse e invadir nuevas células.

El jabón disuelve la membrana lipídica y el virus se desmorona como un castillo de naipes y “muere”, o más bien, deberíamos decir que se vuelve inactivo ya que los virus no están realmente vivos”. De hecho, según apunta el científico, los desinfectantes, geles, cremas… que contienen alcohol tienen efectos similares, pero en realidad no son tan buenos como el jabón normal. Esencialmente, como apunta Thordarson, “el jabón efectivamente “disuelve” el pegamento que mantiene unido al virus”.

Análisis filogenético de los genomas completos de 2019-nCoV y de los virus representativos del Betacoronavirus.
The Lancet – Genomic characterisation and epidemiology of 2019 novel coronavirus: implications for virus origins and receptor binding 

Semmelweis, el mártir que nos está salvando la vida

Pocas veces el agua ha sido tan acertadamente llamada fuente de vida como cuando se la asocia al jabón. Pero la simpleza de la idea y su consolidación actual no tuvo un comienzo fácil. Quien primero se dio cuenta de su importancia fue un médico de Budapest, Ignác Fülöp Semmelweis (1818-1865), cuarto hijo de un comerciante, cuando aún no había cumplido los 35 años. Su defensa de la asepsia salvó vidas, pero hundió la suya. Ahora, en 2015, 150 años después de su muerte, la Unesco reivindica su legado al nombrarle uno de los personajes del año.

¿Y Semmelweis? Tras trabajar en un hospital menor, pobre y desahuciado, acabó en un centro para enfermos psiquiátricos. En su último intento por demostrar su teoría —y ya con un principio de alzhéimer— se inyectó con un residuo de una necropsia. Se ocasionó una septicemia que lo mató. “Fue un mártir”, sentencia Vaqué. Esta, al menos, es la versión heroica. Hay otra con menos épica: que murió de las palizas que le propinaron en el centro.

El reconocimiento le llegó tarde. En 1952, Louis-Ferdinand Cèline publicó una obrita, Semmelweis, en la que, en tono épico, lamentaba el final del médico. El prólogo define su legado: “Señaló a la primera los medios profilácticos que deben adoptarse contra la infección puerperal, con una precisión tal que la moderna antisepsia nada tuvo que añadir a las reglas que él había prescrito”. Solo tuvo que esperar a que otros dijeran lo mismo que él para que se le hiciera caso.

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Ir a la fuente / Author: María Hidalgo

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